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Técnicas en curso del taller de escritura. CRUCES LITERARIOS de la clave CL-51

9 Abr Vasos comunicantes en el taller de escritura en Valencia de LIBRO, VUELA LIBRE

Otro apasionado bloque de cruces literarios llega a nuestro taller de escritura en Valencia para inspirarnos una nueva técnica narrativa y la primera consigna de la clave CL-51.

Vasos comunicantes en el taller de escritura en Valencia de LIBRO, VUELA LIBRE

   Una feria agropecuaria, un discurso político y un cortejo amoroso acompañarán la primera consigna de la clave CL-51  y precederán al próximo debate en curso sobre el ritmo en la escritura de Flaubert.

Taller de escritura. TÉCNICAS NARRATIVAS Y CRUCES LITERARIOS DE LA CLAVE CL-51, texto de referencia:

Textos de referencia de la clave CL-51,  técnicas narrativas del taller de escritura.  Gustave Flaubert, “Madame Bobary”, primer fragmento en curso del capítulo VIII:
“-¿Y cómo ha de ser? -dijo él-, ¿no sabe usted que hay almas continuamente
atormentadas? Necesitan alternativamente el sueño y la acción, las pasiones más puras,
los goces más furiosos, y se precipitan así en toda clase de fantasías, de locuras.
Entonces ella lo miró como quien contempla a un viajero que ha pasado por países
extraordinarios, y replicó:
-Nosotras, las pobres mujeres, ni siquiera tenemos esa distracción.
-Triste distracción, pues ahí no se encuentra la felicidad.
-¿Pero acaso la felicidad se encuentra alguna vez? -preguntó ella.
-Sí, un día se encuentra -respondió él.
«Y esto lo han comprendido ustedes, decía el consejero; ¡ustedes, agricultores,
trabajadores del campo; ustedes, pioneros pacíficos de toda una obra de civilización!,
¡ustedes, hombres de progreso y de moralidad!, ustedes han comprendido, digo, que las
tormentas políticas son todavía más temibles ciertamente que las perturbaciones
atmosféricas…»
-Sí, llega un día -repitió Rodolfo-, un día, de pronto, y cuando ya se había perdido la
esperanza. Entonces se entreabren horizontes, es como una voz que grita: «¡Aquí está!»
Uno siente la necesidad de hacer a esa persona la confidencia de su vida, de darle todo,
de sacrificarle todo. No nos explicamos, nos adivinamos. Nos hemos vislumbrado en
sueños (y él la miraba). Por fin, está ahí, ese tesoro que tanto se ha buscado, ahí, delante
de nosotros; brilla, resplandece. Sin embargo, seguimos dudando, no nos atrevemos a
creer en él; nos quedamos deslumbrados, como si saliéramos de las tinieblas a la luz.
Y al terminar estas palabras Rodolfo añadió la pantomima a su frase. Pasó la mano por
la cara como un hombre a quien le da un mareo; después la dejó caer sobre la de Emma.
Ella retiró la suya. Pero el consejero seguía leyendo:
« ¿Y quien se extrañaría de ello, señores? Sólo aquél que fuese tan ciego y tan esclavo
(no temo decirlo), de los prejuicios de otra época para seguir desconociendo el espíritu de
los pueblos agrícolas. ¿Dónde encontrar, en efecto, más patriotismo que en el campo, más
entrega a la causa pública, más inteligencia, en una palabra? Y no hablo, señores, de esa inteligencia superficial, vano ornamento de las mentes ociosas, sino de esa inteligencia
profunda y moderada que se aplica por encima de todo a perseguir fines útiles,
contribuyendo así al bien de cada uno, fruto del respeto a las leyes y la práctica de los
deberes…»
-¡Y dale! -dijo Rodolfo-, siempre los deberes. Estoy harto de esas palabras. Son un
montón de zopencos con chaleco de franela y de beatas de estufa y rosario que
continuamente nos cantan a los oídos: «¡El deber!, ¡el deber!» ¡Qué diablos!, el deber, es
sentir lo que es grande, amar lo que es bello, y no aceptar todos los convencionalismos de
la sociedad, con las ignominias que ella nos impone.
-Sin embargo…, sin embargo -objetaba Madame Bovary.
-¡Pues no! ¿Por qué predicar contra las pasiones? ¿No son la única cosa hermosa que
hay sobre la tierra, la fuente del heroísmo, del entusiasmo, de la poesía, de la música, de
las artes, en fin, de todo?
-Pero es preciso –dijo Emma- seguir un poco la opinión del mundo y obedecer su
moral.
-¡Ah!, es que hay dos -replicó él-. La pequeña, la convencional, la de los hombres, la
que varía sin cesar y que chilla tan fuerte, se agita abajo a ras de tierra, como ese hato de
imbéciles que usted ve. Pero la otra, la eterna, está alrededor y por encima, como el
paisaje que nos rodea y el cielo azul que nos alumbra.
El señor Lieuvain acababa de limpiarse la boca con su pañuelo de bolsillo. Y continuó:
«¿Y para qué hablarles aquí a ustedes de la utilidad de la agricultura? ¿Quién subviene
a nuestras necesidades?, ¿quién provee a nuestra subsistencia? […]»”

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