Club de lectura de Libro vuela libre: El retrato de Clara

15 Nov

Club de lectura de Libro vuela libre: recomendaciones literarias en curso

Completamos la visita que ha realizado otra antigua integrante de la antología que recoge la selección de voces nuevas de nuestros talleres literarios, María Eguía, a la biblioteca de talentos de Libro vuela libre, con uno de los fragmentos escogidos de su última novela, El retrato de Clara, para nuestro club de lectura.

Disfrutad de la siguiente puerta de entrada a esta atractiva historia ambientada en Valencia y Florencia, en la que se resalta la labor transmisora de las historias familiares por parte de los abuelos y se rinde homenaje a la figura del célebre escritor valenciano Vicente Blasco Ibañez.

Recomendaciones en curso del club de lectura en Valencia de los talleres literarios de Libro vuela libre: El retrato de Clara, de María Eguía

Recomendaciones en curso del club de lectura en Valencia de Libro vuela libre. Primera puerta de entrada a El retrato de Clara:

Intentando huir de los sentimientos de culpa que repiqueteaban cual estorninos en mi conciencia, me encerré en mi dormitorio, puse el equipo de música en marcha y me senté a mi escritorio para perfilar los últimos detalles del viaje. Un dueto de Malú y Antonio Orozco templó mis nervios. Devuélveme la vida parecía escrita para mí. A veces tenía la sensación de que los cantautores se identificaban conmigo. O yo con ellos. Sufríamos idénticos desgarros, las mismas decepciones.    

   La luz virginal de la mañana se filtraba a través del visillo e iluminaba los planos, las guías, los libros de arte y hasta un tomo de la enciclopedia Espasa−Calpe que había utilizado para estudiar los pormenores de mi cruzada. Repasé los esquemas que había preparado, gráficos en los que había anotado la dirección exacta de los lugares que iba a visitar, así como los horarios que debía respetar con el fin de no hacer un viaje en balde y encontrarme con la sorpresa de que cierto museo acababa de cerrar sus puertas o que una iglesia estaba en proceso de restauración y había suprimido los servicios religiosos y las visitas. Después, ordené las piezas del rompecabezas según la importancia que revestían para mí por si, debido a alguna mala pasada del destino, me veía obligada a regresar a casa antes de lo previsto. De ese modo, decidí aprovechar los primeros días para visitar espacios tan ineludibles como el Duomo, el Baptisterio, la Galería de los Uffizi, la Academia, el Palazzo Pitti, la Capilla Médici… Y destaqué con un asterisco mis obras preferidas. Yo era una enamorada de la pintura del Quattrocento; muy especialmente, de Paollo Ucello, por lo que señalicé todos los recintos en los que se exhibía su obra. La pasión que sentía por ese artista era tal que una noche incluso soñé que me encontraba en una sala de los Uffizi ante su lienzo La batalla de San Romano. Sentada en un banco, boquiabierta, observaba la maestría del autor a la hora de plantear la perspectiva. Los pintores anteriores al siglo XV no dominaban la geometría y sus obras resultaban excesivamente planas, pero esta era distinta. Entonces se me acercó el director del museo y me ofreció su mano. 

  —Enhorabuena, signorina —me espetó alegremente—. Estamos desmontando esta sala del museo y usted ha sido galardonada con este magnífico cuadro.            

  —¿Está usted hablando en serio? —pregunté, anonadada.        

  —Yo siempre hablo en serio —aseguró él. Y levantando sus vigorosos brazos, lo descolgó para, posteriormente, entregármelo.  

   Me quedé pasmada. No daba crédito a lo que estaba sucediendo. Me lo iban a dar a mí, que jamás me había tocado nada en una rifa, que nunca había ganado un sorteo… Aún así, comencé a elucubrar cómo podría transportar el cuadro hasta Valencia. Quizá lo más aconsejable era contratar el servicio con alguna agencia; pero tendría que abonar una elevada cuantía en concepto de seguro. Por otra parte, podía desclavarlo del bastidor, envolverlo junto a alguna de las láminas que vendían en la tienda del museo y pasarlo debajo del brazo por el detector de metales del aeropuerto como si se tratara de una reproducción. Pero en tal caso tendría que renunciar al marco, que también era muy hermoso, y encima, corría el riesgo de que en la aduana detectaran el fraude y me acusaran de contrabando del Patrimonio Artístico Nacional.  

   Mientras andaba en busca de otras soluciones, escuché un incómodo zumbido. Era un timbre agudo, muy molesto, que perturbó la dicha de mi ensoñación. Cuando pude resolver mis dudas, comprobé que se trataba del sonido de mi reloj despertador y súbitamente regresé a la cruda realidad: yo no estaba en la sala del museo florentino, sino que me encontraba en mi casa de Valencia, acostada en mi cama, para ser más exactos. Y por supuesto, no había sido obsequiada con ninguna obra del gran Ucello.

María Eguía. Fragmento de El retrato de Clara

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